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Antes de que el conquistador Hernán Cortés
desembarcara en la península en 1535 y mucho antes de que los aztecas
gobernaran el interior de México, tribus errantes deambularon por las
tierras de lo que ahora se conoce como Baja California. Ellos fueron
cazadores y recolectaron alimentos, practicaban magia y artes curativas,
y guerrearon con clanes rivales y después desaparecieron, dejando tras
ello muy poca evidencia de su existencia, con excepción de las pinturas
rupestres en las paredes de roca. Las magníficas pinturas de tonos
marrones se encuentran en muchas áreas, usualmente en acantilados y
salientes protegidos. Las figuras son dramáticas representaciones de
hombres y animales a menudo con un tamaño hasta tres veces mayor que en
la vida real. Puede decirse que los trabajos más impresionantes se
encuentran en el asentamiento de Duna Alta del rancho San Francisco de
la Sierra, justo al norte de San Ignacio. Algunos eruditos consideran
que las pinturas rupestres se usaron como hechizos para la cacería y
teorizan que las presas fueron perseguidas o guiadas a estos sitios
pintados y que solamente ahí se podía sacrificar o comer la presa. Hasta
la fecha, el misterio continúa sin resolverse en cuanto al verdadero
significado de estas antiguas obras de arte y de los creadores que nos
precedieron.
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